26 de febrero de 2019

Francesc Torralba: “La hospitalidad no solo humaniza el sistema sanitario, sino que lo hace más justo y equitativo”

El filósofo y teólogo catalán Francesc Torralba, catedrático de Ética de la Universitat Ramon Llull, ofrecerá una ponencia titulada ‘La Hospitalidad’ en el contexto de la Jornada de formación en marco de Identidad de la Clínica San Miguel – Línea de Rehabilitación Psicosocial de las Hermanas Hospitalarias. La hospitalidad es precisamente el valor que sintetiza en sí mismo todos los principios que rigen el trabajo de las Hermanas Hospitalarias, un valor que para Torralba “no es un lujo, ni un pasatiempo”, sino que constituye “una necesidad ontológica del ser humano, una exigencia imprescindible”. No en vano, el teólogo propone una variación al planteamiento filosófico de René Descartes: “soy acogido, luego existo”.

En su ponencia en la Jornada de Formación en Marco de Identidad de la Clínica San Miguel – Línea de Rehabilitación Psicosocial de las Hermanas Hospitalarias, usted va a hablar de Hospitalidad. ¿Qué implica la hospitalidad?

La hospitalidad implica acogida, apertura, cuidado y atención. El anfitrión tiene que estar atento al huésped, identificar sus necesidades, pero también sus posibilidades y ofrecerle un lugar y un tiempo para que pueda crecer y desarrollarse plenamente. Todos necesitamos ser acogidos para poder desarrollarnos integralmente. La raíz de la hospitalidad es la vulnerabilidad. No somos autosuficientes, nos requerimos mutuamente. Sin comunidad es imposible el crecimiento de la persona. Por eso el individualismo es destructivo. La hospitalidad no es un lujo, ni un pasatiempo; constituye una necesidad ontológica del ser humano, una exigencia imprescindible. Soy acogido, luego existo.

La Hospitalidad es precisamente el valor en mayúsculas en Hermanas Hospitalarias. Como ellas mismas dicen, “es un valor humano esencial en los ámbitos social, asistencial y sanitario”. ¿Por qué adquiere más importancia si cabe en estos ámbitos?

Es un valor perennemente válido, universalmente reconocido, que no pertenece en exclusiva a ninguna tradición espiritual y religiosa. Sin embargo, existe una rica aproximación a la hospitalidad desde la tradición bíblica, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En el ámbito social, asistencial y sanitario, la vulnerabilidad se expresa con su máxima radicalidad. Observamos seres humanos que solo si son acogidos y atendidos pueden sobrevivir dignamente. La hospitalidad es una exigencia universal, pero en contextos de vulnerabilidad se manifiesta de un modo patente. El huésped llama a la puerta, tiene hambre, tiene sed, necesita dormir, sufre dolores, experimenta impotencia, se siente solo y llama a la puerta buscando a un anfitrión que le abra la casa para poder sentirse a salvo. La hospitalidad tiene como objetivo construir este refugio en el mundo, esta morada que salva al otro de la soledad y el desamparo.

En el caso de las Hermanas Hospitalarias trabajan con un grupo de población tradicionalmente estigmatizado y excluido, el de la enfermedad mental. ¿Por qué cuesta tanto ser hospitalarios con este grupo de población?

Para practicar correctamente la hospitalidad, es imprescindible superar ciertas barreras invisibles, o, mejor dicho, muros mentales que no le permiten a uno jugar el rol de anfitrión. Tiene uno que liberarse de los prejuicios, de los tópicos y estereotipos que tiene sobre el huésped. Debe, además, liberarse del miedo, un miedo que, por lo general, se alimenta de la ignorancia y del desconocimiento. La hospitalidad requiere, además, apertura de mente y de corazón, superación de los resentimientos y temores que blindan la puerta de la casa y hacen imposible la práctica de la apertura y de la acogida. Solo si uno toma conciencia de sus prejuicios y se esfuerza para liberarse con lucidez de los mismos, puede convertirse en un buen anfitrión. La persona con enfermedad mental es, ante todo, una persona, un ser que tiene una dignidad inherente, un sujeto de derechos. Lo que nos une a ella es más hondo y más fuerte que lo que nos separa y ese vínculo subterráneo es la raíz de la fraternidad universal.

El valor de la hospitalidad también entronca mucho con un concepto que en el ámbito de la salud ha ido ganando fuerza en la última década: la humanización en la atención y el tratamiento a los enfermos. ¿Un sistema de salud más humanizado es también un sistema de salud más hospitalario?

Existe una íntima relación entre la humanización de la asistencia y la práctica de la hospitalidad. La hospitalidad requiere empatía, discreción, tolerancia, paciencia, comprensión, magnanimidad y confidencialidad. En los hospitales más robotizados del mundo, el factor humano tiende a ser reemplazado por artefactos, sin embargo, existen prácticas que necesariamente exigen la presencia de personas formadas y sensibles emocional y éticamente. Un sistema de salud más humanizado es más hospitalario. La hospitalidad exige recibir a todos, sin exclusión, sin condiciones, sin ningún tipo de discriminación. En este sentido, la hospitalidad, cuanto menos, la que emana del Nuevo Testamento, exige, como condición de posibilidad, el reconocimiento de la equidad de derechos. En ese sentido, la hospitalidad no solo humaniza el sistema sanitario, sino que lo hace más justo y equitativo.

En el discurso sanitario va ganando peso la humanización, pero sin embargo en el discurso político nacional, europeo y mundial van ganando peso y voz fuerzas políticas que no precisamente pregonan con el valor de la hospitalidad. ¿Es el de la Hospitalidad un valor en desuso en el mundo actual?

La hospitalidad es un valor de máximos. Exige apertura de mente, superación del miedo, liberación de prejuicios y una gran dosis de humanidad. En la actualidad, el miedo está colonizando todos los espacios: la familia, la empresa, la escuela, los transportes, la sociedad en general. El miedo al otro, al desconocido, al extranjero, al refugiado o al inmigrante está muy presente en el cuerpo social y eso obstaculiza la práctica de la hospitalidad. Hay fuerzas políticas que alimentan ese miedo desde los prejuicios y la ignorancia y que nutre de esa manera el populismo xenófobo y excluyente. Frente a ello, tenemos que defender con énfasis el valor y la dignidad de todo ser humano más allá de su color de piel, de sus orígenes y de su religión. Dice Edith Stein que para el cristiano no hay extranjeros. En este punto, es posible hallar un lugar de intersección entre los valores más nobles del humanismo cristiano y de los humanismos ateos.

¿Y se puede recuperar ese valor? ¿Es usted optimista?

No soy optimista. Lucho contra mi escepticismo. Lo que sí que soy es esperanzado. La esperanza es la confianza en el futuro, pero sin ignorar las dificultades, las tensiones y las contrariedades que existen por el camino. En muchos aspectos, nuestra sociedad occidental ha mejorado respecto lo que esta era en el siglo XIX. Se han reconocido derechos a colectivos que estaban ignorados y marginados. Todavía queda mucho por hacer, pero se han conseguido hitos históricos que eran inconcebibles hace medio siglo. Pensemos, por ejemplo, en la situación de las personas con discapacidad física o intelectual. Pensemos en la marginación que experimentaban las personas con enfermedades mentales en el siglo pasado. El proceso de integración social, laboral, cultural, deportiva y escolar ha ido in crescendo y todavía tiene que desarrollarse más. No podemos olvidar de dónde venimos a la hora de diagnosticar el presente y mucho menos dejarnos robar la esperanza por la saturación de malas noticias. Un periódico nunca fue un diagnóstico de la realidad.